Una de las mejores cosas de la legada del buen tiempo es, sin duda, que nos brinda el placer de disfrutar de una comida al aire libre. Sentarse en la terraza de un bar es algo que cuesta poco esfuerzo, pero si el lugar de eso podemos hacerlo en nuestro propio jardín, la sensación es aún mucho mejor. Sacar los platos a una mesa fuera de las cuatro paredes de casa y saborear una receta al mismo tiempo que respiramos el olor a hierba o a flores no tiene comparación. La guinda del pastel es una mesa bien puesta.
A mí me ha encantado este romántico comedor en el jardín, quizás por su sencillez, quizás por su delicadeza… no lo sé. La mesa no tiene nada de extraordinario, se trata de una vieja mesa de cocina de madera común y corriente, salvo por su capa de pintura azul verdoso pastel bastante castigada por los golpes y el desgaste. Las sillas Tolix en el mismo tono le van que ni pintadas (nunca mejor dicho), y ni que decir tiene lo bien que queda como mantel esa gasa con lunares… Ese es el toque que hace a esta mesa tan especial.
Luego, todo son pequeños detalles que convierte este improvisado comedor campestre en un rincón maravilloso: las flores blancas en los vasos, la delicadeza de la vajilla con los bajoplatos blancos y los platos en un marrón muy claro, las servilletas en un tono similar al de los muebles, la fuente de naranjas… todo es encantador.
Visto en: The Sweetest Occasion.




















































